Si lo habitual es que los agentes se encarguen de regular el tráfico y de imponer multas, muchas veces presionados para no perder los incentivos, también los hay que se rebelan ante ciertas normas si consideran que su vida está en peligro o que no es ético los supuestos a los que se acogen para ejercer su autoridad.

Esto es lo que le ha sucedido a un agente de la Guardia Civil que ha sido tachado de cometer una falta grave de subordinación. Su temor y negativa ante una acción que consideraba que era un riesgo para su vida, no ha sido un argumento suficientemente contundente para que se le levantase el castigo por no haber cumplido en su momento con el cometido asignado.

En plena Operación Salida de Semana Santa del año pasado, el agente recibió órdenes precisas de su superior para que le acompañase al lado izquierdo de la calzada de la A-5, carretera de Extremadura, con el objeto de abrir un carril adicional para descongestionar el tráfico. Esta orden que en un principio no suponía ningún problema, no fue del agrado del agente de la Guardia Civil, negándose repetidas veces a ejecutar lo mandado al considerar que esa acción ponía en riesgo su vida ante la intensidad del tráfico.

Unos argumentos que finalmente han sido desestimados por el Tribunal Militar Central y que obligarán a este Guardia Civil ha asumir las multas o sanciones que se deben pagar ante este tipo de infracciones y que además son el símbolo del deber no cumplido en la profesión.

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